Es común, no sorprende, hasta que te sorprende. Es común que el periodista en la calle sea interpelado por dos cuestiones: 1) para preguntarte qué pasa sobre tal o cual tema y, por lo general, uno sabe menos que ellos, máxime en estos tiempos en los que las redes sociales corren con las noticias más rápido que Usain Bolt con los pies y 2) para saludarte, pedirte la publicación de algo o pasarte un dato. En cualquiera de estas circunstancias ponés onda ante el desconocido y le abrís los brazos para recibirlo porque está requiriendo algo de vos. Más de una vez pasás un mal rato porque, en realidad, el ciudadano no viene en busca de uno de los requerimientos descriptos y, en verdad, quiere romperte de una piña por algo que escribiste y ahí ni con las zapatillas del corredor más rápido del mundo te salvás.
El saludo es así, sorpresivo. Suele ser lindo, amable, tierno, pero no faltan aquellos que no lo saben. Sílo saben, pero las ocupaciones les hacieron perder la memoria. Y te vas a cruzar con más de uno de esos ejemplares. Es el mismo que cuando era un hombre común no le faltaban brazos ni manos para saludar, la sonrisa jamás le fallaba como al guasón de Batman.
Cuando el hombre deja de ser común y se convierte en particular o, simplemente, en funcionario, la sonrisa se viste de mueca y, si se acuerda de vos, el hola apenas es un murmullo.
Ya no le debe ser fácil abrazar porque seguramente le da miedo, no vaya a ser que alguno lo desconozca, como dicen en el barrio, o, simplemente, le pidan lo que no puede o quiere conceder.
Hay que estar atento para que nunca llegue el momento en el que el saludo pierda al hombre porque el saludo, más que la esperanza, debería ser lo último que se pierda.